miércoles, 16 de junio de 2010

Alberto Allindo y Walter Belfiore publicaron esta nota en el El Diario durante mayo de 2010


Los principios del pueblo de Pilar

Son días de festejos por el Bicentenario y como tal, una nueva oportunidad para reflexionar sobre que pasaba en estos pagos hace 200 años. Como otro aporte a la reflexión, hoy reseñaremos brevemente el lugar donde nació nuestra Ciudad de Pilar.

Ubicación del Pilar Viejo.

El “Pilar Viejo” estaba emplazado en la zona que hoy ocupa el Km. 57 de la Ruta Nacional 8, “Barrio El Panchito” (aproximadamente un kilómetro antes de trasponer el Río Luján). El poblamiento comenzó seguramente alrededor del año 1729, cuando Maria Cabezas decide construir una Capilla para adorar una imagen de bulto de Nuestra Señora del Pilar.

El padre Silvio Braschi lo sintetiza así: “ ...en el año 1700 se habían establecido fortines en un lugar llamado “Luján abajo” para defenderse de las invasiones de los indios y en ese lugar se instaló el primer núcleo de población. En 1729, una vecina del lugar, María Cabezas, esposa de Francisco Gómez, quien poseía una imagen de la virgen del Pilar, se propuso darle culto público en una Capilla construida de ladrillos de adobe y techo de paja, cerca de la margen derecha del río Luján, solicitó autorización del obispo de Buenos Aires y una vez concedido la Capilla fue dedicada a la virgen del Pilar, siendo atendida por un sacerdote enviado del pueblo de Luján a celebrar oficios los días festivos…”.

María Cabezas también cedió una parcela de su propiedad para la construcción de la Capilla en donde se veneraba a la Virgen. Cuando fallece en 1737 es sepultada en dicha Capilla del Pilar.

Éste fue, entonces, el primer centro de aglutinamiento de pobladores en todo Pilar, hasta que en fecha 3 de junio del año 1818, el Cabildo de Buenos Aires concede el traslado del Curato al actual emplazamiento, debido a los continuos desbordes del río. Fundado el pueblo a la vera del Río Lujan, el motivo era sin dudas, el aprovechamiento del agua cercana, pero esto hizo que no creciera ni se desarrollara ya que, haciendo una pequeña perforación, “a una vara ya había agua” como decían los comentarios de la época. Sobre las curiosas ubicaciones de las poblaciones, el Padre Castañeda alguna vez recordó una carta del Barón de Humboldt que publicara en su ensayo político sobre América, en donde argumentaba que los españoles siempre fundaban sus ciudades en los peores sitios y que no pensaban en el futuro de las mismas.

Mas allá de estas vicisitudes, el lugar elegido para el pueblo nuevo estuvo en una “lomada”, a una milla de distancia. Este traslado duró varios años y también pasó por diversas etapas. Tengamos en cuenta, por ejemplo, que Don Lorenzo López donó tierras para el nuevo pueblo entre los años 1825 y 1832.

Tamaño del pueblo

Para tener una idea del pueblo hace doscientos años, el historiador Aldo Beliera nos aporta un documento excepcional de la época, específicamente del año 1799, donde se observa un diseño incorporado en el juicio promovido por D. Luís Antonio de Tagle, cura Vicario del Pilar, contra los herederos de Gerardo Pérez de la Rosa, por el derecho a unas tierras contiguas al templo.


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Analicemos las referencias que nos acerca el documento:

A: Capilla Nuestra Señora del Pilar.

B: Rancho y Quinta de Clemente González.

C: Estancia de la Virgen, lugar que fue de la población de Juan de Melo (Cabral).

D: Rancho y quinta de Dionisio Gutierrez.

16: Rancho y quinta de Ramón de Pinazo.

Los demás números señalan las casas del pueblo formado sin orden desde sus principios.

Si nos atenemos a esta especie de mensura, el pueblo habría tenido una extensión muy chica, aproximadamente de 400 varas por otras 400 varas (es decir, unos 344 metros por cada lado). La capilla habría estado a unas 200 varas del arroyo señalizado (a unos 170 metros). Esta dimensión del pueblo, también es validada por los argumentos que los pilarenses llevaban a las autoridades del Cabildo para convencerlos del traslado del pueblo: “desde la construcción de la Parroquia, solo hay una pocas casas armadas con horcones de madera y techos de paja”.

Hoy quizás nos cueste comprender acabadamente como era la sacrificada vida de nuestros antepasados pilarenses y es por ello ocasión propicia para sentirnos orgullosos de su templanza y valentía.



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